La feroz caperuza y el rojo lobo.

No sabemos mucho de la familia de Caperucita; su padre ni está, ni se le espera y su madre le encarga tareas con riesgo potencial, como hacer recados en sitios extraños portando sustancias sospechosas.

Quizás Caperucita vivía en un entorno peligroso y por eso se sentía cómoda entre relaciones abusivas: el miedo conocido le daba bastante seguridad.

Quizás los buenos tratos activaban sus defensas.

Quizás la ansiedad desaparecía con un poco de aliño (del intenso) en la ensalada de la vida.

Identificas al lobo con tu padre ausente – explicaba un especialista en figuras parentales; – tus neuronas espejo vibran con las suyas y reconoces tus emociones ocultas en las de él, decía una neuropsicóloga. -Es un coñazo, nunca sale del bosque y no viene de fiesta, déjalo ya, tía, -decía una amiga. –Vas de rescatadora, esto va a acabar mal, mascullaba su mejor amigo.

Posiblemente todo era verdad, ¿por qué no? Y quizá, también, Caperucita podía reconocer las heridas de Feroz, tan similares a las suyas.

Quizá intuía que su caperuza roja era muy parecida a la piel del lobo que todos odiaban. Quizá Caperucita había aprendido a querer y aceptar esa capucha que no era ella y desde ahí, aceptar y querer aquellos colmillos que tampoco eran él.

Quizá Caperucita no era lo que le había pasado, sino cómo sanó lo que le había pasado.

Ignórame.

Cuando te quiera sacar de ahí, no me hagas caso, me estoy sirviendo a mí misma y a mis miedos a que no seas lo que espero.

Y si espero es porque creo, y cuando creo no confío y no me sirven tus verdades, que lo son y con las que te abres… y no te miro.

No te miro porque ya te he visto, dentro, muy adentro, donde está lo mismo que maldigo, con otras ropas, ya no es tuyo, es mío.

Y sí, es el mismo miedo, el mismo frío, que me aterra y al que enfrento espejándome en tu espacio y en tus silencios.

Apuesto por los antihéroes, por los piratas y por las sombras. Y yo nunca pierdo.

Volar

¿Qué miedo te separa del amor que recibes? ¿Qué crees que tienes que reembolsar? ¿Cómo va a suturar la herida que no deja de sangrar, palpitante por ser consolada?

Y, mientras, el tiempo se escurre entre los dedos, harto de resbalar sin consuelo por una verdad que ya fue, pero no es más.

“El mundo es de quien está prevenido”, dicen, deseando que nos armemos hasta los dientes contra lo que venga.

“El mundo es de quien ama”, digo yo, “sin esperar reciprocidad, sin llevar la cuenta, sólo abriendo las alas y echando a volar”

Imagen: @oszvaldnoell

¿Acompañar o ayudar?

Hace algún tiempo una mujer me contaba un viaje larguísimo que había hecho en autobús con sus dos hijos, de aproximadamente dos y cinco años. Aunque había ido pertrechada de material de entretenimiento era casi inevitable que en algún momento estallase una crisis que tuvo que sortear como pudo. Otra compañera del círculo le preguntó: “¿por qué no pediste ayuda a alguien del bus?”. Parece obvio, pero quizá no sea fácil pedir ayuda sin miedo a molestar, ni intentar ayudar sin miedo a entrometerse.
Pedir ayuda suele ser difícil: nos pone en una posición de (supuesta) vulnerabilidad, quedamos expuestas y a merced de la buena voluntad de la persona a la que recurrimos. Malo si es alguna persona conocida, malo también si no lo es. Y peor todavíacuando la ayuda tiene que ver con nuestras criaturas; posiblemente percibamos la dificultad para poner límites a posteriori, o nos quedemos con la sensación de que debemos devolver algo, o incluso nos veamos enfrentadas a una supuesta falta de capacidad. Sin embargo, si queremos crecer con ellas en la cooperación, conviene que tengamos en cuenta que las criaturas aprenden de nuestras actitudes, y si nosotras no somos capaces de hacerlo difícilmente les daremos herramientas a ellas para saber “pedir”, sin obligar, ni exigir ni comprometer, y aceptando un “no” cuando venga.
Otra cuestión es la de ofrecer ayuda. Es verdad que en lo que respecta a la crianza, en muchas ocasiones se insiste en la necesidad de acompañar y no intervenir, y posiblemente los límites sean muy difusos. Un ejemplo archiconocido es el tema de las visitas postparto, cuando siempre hay alguien que se ofrece a coger al bebé para que la madre pueda hacer otras tareas tal como poner un café o una lavadora: eso no es ayudar. O una mujer que esté colocándose a su hijo en un portabebés y viene alguien a “sujetar” al niño o ayudarle a pasar los nudos: eso tampoco es ayudar, es meter mano y en muchas ocasiones, importunar diciéndole a la otra lo que tiene que hacer. Deberíamos centrarnos seriamente en pensar en ofrecer ayuda a la persona adulta, y que sea esta la que asuma la cantidad de ayuda que necesitan las criaturas. Y cuando hablamos de ofrecer tenemos que aceptar la posibilidad que nos digan “no”, y que no pasa nada. Estamos todavía muy lejos de aceptar algo porque sí. Todavía nos cuesta. En cualquier caso, las adultas debemos (o deberíamos al menos) ser capaces de rechazar o aceptar una ayuda no solicitada, ya que a las criaturas casi ni se les pregunta. Las pequeñas,  que todavía no son buenas conocedoras de la lógica adulta, se verán enfrentadas  a alguna persona desconocidoa que les requiere algo ( y muy posiblemente poco respetuosa con sus verdaderas necesidades), y eso no suele acabar bien.
 Lo que debería primar es el sentido común. Ofrecer ayuda no es decir cómo se tienen las cosas, o cuál es nuestra opinión, o acusar. Ayudar es ser proactivo y actuar en caso de peligro ¿un ejemplo? hace unos días vimos esta escena en la playa: un padre con dos criaturas estaba atendiendo a la menor de ellas, que debía haberse hecho daño con algo. El otro niño, de unos seis años, estaba en la orilla jugando con las olas de una mar algo picada y no atendió a la llamada del padre que le pedía que se alejase. No es que fuera desobediente, es que era un niño JUGANDO, ajeno al peligro. Pasó por allí un señor que se dio cuenta de la situación, y su reacción fue realmente curiosa: se acercó al padre y le pidió que fuese a buscar a su hijo mayor (en forma de regañina), que lo hiciera aunque llorara, “que era mejor que llorase el niño que no los padres”. Como si el padre no sacara al niño del agua por capricho de éste, cuando lo que estaba haciendo era atender al pequeño lastimado. Por suerte para todos, pasaban por allí personas que ofrecieron otra respuesta, bien se ofrecieron a quedarse con el pequeño, o bien estaban pendiente del mayor para que se alejase de la orilla. Evidentemente, era una situación de relativo peligro, en la que no tenía ningún sentido reprender al padre. ¿Por qué tomó ese señor semejante decisión? Yo creo que responde a dos patrones: a una educación censuradora y castigadora por un lado, y a una demostración del adultocentrismo absorbido por otro.
Como casi siempre, quizá deberíamos fijarnos más en las criaturas y en su capacidad para ver lo obvio y entender que las cosas son más sencillas de lo que parecen; hace poco, en un supermercado atestado de gente una madre intentaba colocar la compra del carro en la cinta transportadora mientras su hijo, que no llegaba al año, lloraba en la silla que llevan los carros de los hipermercados. Del lloro pasó al lloro intenso y de ahí a la crisis. La madre, agobiada con una gran cola de personas esperando detrás llegó a quedarse paralizada un momento y un poco después inclusó gritó al pequeño, que rompió a llorar aún más fuerte. Ninguna de las personas que estaba detrás, en la fila, fue capaz de reaccionar, como no queriendo inmiscuirse mientras que tanto la madre como el niño lo estaban pasando realmente mal; no avanzaba nada hasta que se dio esta conversación entre una niña de unos cinco años y su madre:
   – Venga, mamá!!
   – Venga ¿qué?  -creo que también con miedo de otro “numerito”.-
   – Pues dile a esa mamá que coja al bebé y tú le pones las cosas en las bolsas.
     Lógico ¿verdad? Esa niña no veía a un niño con una rabieta que mereciera un azote, ni a un caprichoso ni a una madre que no supiera ejercer su función: vio una madre desbordada y un niño que necesitaba un abrazo. Entre varias personas de la cola pusieron las cosas de la cinta y una pareja le ayudó a empujar el carro. Fin de la crisis. Posiblemente muchas de las personas de la cola hubieran intentado entretener al niño con muecas o canciones, que está muy bien, pero que no respondía a las necesidades del momento, el niño necesitaba a su madre y su madre necesitaba más manos. Y era tan sencillo que sólo una niña fue capaz de verlo.
Cuando ayudamos por impulso nos guiamos por el “nosotras”. ¿Qué tal frenar y mirar hacia la otra, a ver qué pasa?

Claro que saben.

Este texto se escribe a partir de este Artículo de El País.

<< Ya está la exagerada de siempre, la de A las madrigueras. A todo le saca punta, hasta a lo más normal del mundo.

Porque, a ver si no es NORMAL que un niño de seis años tenga #deberes para casa ¡que tienen que ir cogiendo hábito, hombre ya! Que después llegan a la Universidad y si no han hecho todos los días una página de mates y una de lengua ni van a tener nivel ni la costumbre de ponerse un ratito. Claro que esta también defiende que cuando uno se mueve por sus intereses, no hace falta obligación ninguna.

¡Ay! Claro, por sus intereses… no te digo. Si de ellos dependiera, estarían todo el día pendientes del móvil o jugando a cualquier cosa… o dando la tabarra con qué quieren jugar, porque después les compras lo que te piden y enseguida se aburren y buscan a las adultas para #jugar… ¡o pasan del juguete y se ponen con las cajas! Es que no saben lo que quieren, y es porque necesitan #disciplina, acostumbrarse desde pequeñitas.

Eso sí, el móvil lo manejan que da gusto… mira este niño, mira cómo sabía que podía utilizar a Alexa… porque eso no se lo ha enseñado nadie, lo ha aprendido él solito -a saber dónde-. Es que para lo que les interesa sí que aprenden, pero mira, hacer la suma no le parece tan importante. Claro, sólo piensan en jugar y acabar cuanto antes.

Normal que esa #madre se pregunte si darle o no un #azote. Hay que empezar pronto a educarlos a que sean responsables, o tendremos problemas serios, como que sigan su corazón, sus apetencias o que sean felices -pero felices como lo son los niños, por tonterías, no por cosas serias como el fútbol o por hacerse la foto de la graduación en Infantil.-

Mano dura, eso es lo que hace falta, mano dura. Que a mí me pegaron de pequeña y estoy bien y quiero a mis padres.>>

#ALasMadrigueras

Yule.

 

Que la noche más larga te permita ver que eres tú la que brillas; te deseo suficiente oscuridad para que así lo creas.🖤

Girasoles.

Y empiezan los colegios, y con ellos las medidas, las comparaciones y los juicios. Las exigencias, los miedos, las expectativas.

Y parece que nada es suficiente, nunca se hace del todo bien y siempre hay demasiadas cosas que mejorar.

Algo más que pedir.
Un poco más que apretar.
Escuchar menos y esperar más.
Antes.
Citius, altius, fortius (nunca es demasiado, casi nunca es suficiente).


Y olvidar que las flores no medran cuando tiras de sus pétalos.

Obviar que no es mejor por ser antes.

Un girasol no es más girasol por ser el primero en florecer.

A veces hay que mirar atrás.

– Pero ¡si estás todo el día dando la turra con eso del fluir, del estar en el ahora y no sufrir! ¿En qué quedamos?

– En eso mismo, y también en alejarse sin juzgar de la gente que no es buena para ti.

Domando el miedo.

Ese sí pero no, esos mensajes contradictorios, ese pavor a estar de verdad presente en una relación, en un conflicto, en un vivir. Poner en la otra cosas que no son, poner excusas, inventar complicaciones, no ir de frente.

Fromm ya hablaba de las dificultades en la conexión que las personas tenemos con el mundo moderno e intentaba hacernos ver que la salida es la cooperación y el sentir.

Si no estamos conectadas, si las dificultades las vemos fuera, en la otra persona y no rascamos un poco en nuestras heridas, vamos a sentir muy punzante la angustia de la impotencia y de la incapacidad de tomar decisiones. Dicen por ahí que “Si quieres algo, hazlo; si quieres algo y tienes miedo, hazlo con miedo”. 

O como decía mi abuela: “no le eches la culpa al empedrao“.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑